La pantalla, performance de Fernando Baena

El 29 de noviembre de 2019, en la sede del Foro Psicoanalítico de Madrid, tuvo lugar una performance titulada La Pantalla, de Fernando Baena.

En aquella ocasión acompañó a Fernando la artista performer Marianela León.

Fernando Baena es un artista que cuenta con una larga trayectoria que abarca diversos modos de expresión: performance, instalación, vídeo y fotografía. Podéis ver detalles de su obra en su página web.

A continuación, él mismo nos presenta su trabajo:

La performance será realizada por dos personas que realizarán sus acciones interactuando en contadas ocasiones. Como fondo de la acción y elemento principal se proyectará el vídeo El sueño de Courbet. Trabajaremos sobre dos claves de lectura del esquema lacaniano de la sublimación en base a la relación entre el objeto y el vacío (la ausencia, lo irrepresentable).

La primera concibe el vacío como lugar pre-existente y condición de la representación artística. La sublimación consistiría en «elevar» un objeto a ese lugar. Se privilegia así la noción de imagen como velo o pantalla que nos distancia del horror del vacío. Para Jean-Luc Nancy, el objeto a no tiene sólo una faz negativa puesto que en tanto objeto de la pulsión produce un exceso en términos de goce, de reserva libidinal. La segunda invierte la dirección de la argumentación: la presencia del objeto -o el producto artístico en general- sería lo que haría posible postular retroactivamente la existencia del lugar vacío. La sustracción o espaciamiento de un elemento permitiría sostener la diferencia garantizando de modo precario el vacío. Según Žižek, el intento de rasgar la pantalla o imagen y desenmascarar lo real muestra su reverso inconsciente: se trataría de ofrecer el propio cuerpo para el goce del Otro, para horadar en él un agujero que garantice el lugar vacío. La imagen ya no sería velo, sino escena y presencia material del cuerpo.

Pantallazos de la performance La pantalla, por María Luisa de la Oliva

Una sala dividida por una pantalla que está rasgada en su centro. O también puede decirse que son dos. No hay derecho ni envés. Sencilla representación de la división del sujeto y de la función de la pantalla del fantasma. Cortina rasgada que también evoca la «rasgadura» de la mujer en
su cuerpo y en su división del goce como nos dice Lacan, y a la vez lo rasgado de la sexualidad.

El artista consigue que podamos pasar al otro plano la hendidura de la pantalla. El psicoanalista trata de que el analizante pueda ver el otro lado del fantasma, y con ello, atisbar lo que obtura la falta.

Sobre la superficie se proyecta un vídeo de Fernando Baena que es una re-creación del cuadro El sueñoi>, de Courbet. Vemos varios planos que se superponen, donde se plasma la imposible separación entre arte, política, y compromiso social.

El sueño, de Gustave Courbet (1866).

Veamos los diferentes planos:

  • Al fondo vemos varios grabados del París de la Comuna (marzo-mayo 1871) en la que Courbet participó, siendo encargado de administrar los museos. Se le acusó de la destrucción de la columna de Vendôme, también llamada columna de Austerlitz, erigida durante el mandato de Napoleón Bonaparte para celebrar su victoria en la batalla del mismo nombre en 1805, una de sus mayores victorias. Él mismo está coronando dicha columna ataviado como general romano en su delirio megalomaníaco de conquista. Hacer caer la columna es una metáfora de una revolución que fue efímera, pues solamente duró dos meses, como efímera puede ser una performance, si bien ambas dejan una marca que no se puede borrar en la subjetividad. A eso apunta.

Columna Vendôme y grabados alusivos a su demolición.

  • Un primer plano donde hay una escena erótica de una pareja en una cama. ¿Son dos mujeres como en el cuadro de El sueño? ¿De qué cuerpos e identidades se trata? La pregunta es pertinente dado que uno de los cuerpos no responde a lo que en el discurso habitual se asocia a un cuerpo femenino, pues en la superficie, o plano de ese cuerpo, se ve cómo el vello abundante lo cubre, y recuerda al autorretrato de Courbet, El desesperado, y también al efebo de Caravaggio en su Niño con cesto de frutas. Un cuerpo ¿trans?
  • A la derecha vemos un plano donde hay un jarrón con flores, y que en la realidad está en El sueño de Courbet. Dicho cuadro presenta la escena de dos mujeres durmiendo, después del sexo seguramente. Sobre el lecho, peineta y pendientes. A ambos lados de la cama, hay una mesa con una botella de licor, otra botella y una copa. Junto a ella, un collar de perlas, símbolo de la feminidad y de lo misterioso por antonomasia. Al otro lado, un florero con flores, muy bello. Unas hojas caen. No se aprecia bien lo que está dibujado en el jarrón. A un lado la belleza: placer estético. Al otro lado, el placer del cuerpo. Unas flores a modo de mirada de la escena. ¿Qué miran?
  • Al fondo del cuadro, se atisba algo, quizás el pliegue de una colcha, o de una cortina.

    Fotograma de La pantalla, de Fernando Baena.

    A propósito de los diferentes planos del video que se proyectan en la pantalla, si bien al fondo está la columna Vandôme, falo erecto que representa el máximo poder político imperial sobre el cual se levantó una revolución en París, y que le costó la cárcel a Courbet y ser condenado a pagar los gastos de reparación de la misma —motivo por el cual tuvo que exiliarse a Suiza—, en la escena de delante tenemos, el florero con las flores, y los asistentes a la performance vemos la representación de la revolución por la que una parte del feminismo apuesta. Esto es, la de unos cuerpos entrelazados que hacen objeción a lo que se entiende por dominancia del «binarismo de los sexos». Cuerpos ¿revolucionarios? que también harían caer una columna, en este caso la columna del falicismo y de las identidades forjadas por un discurso «patriarcal», la heteronormatividad.

    Pero lo predominante, lo que está en primer plano y que podríamos nombrar como real, son los pliegues de los cuerpos, espirales de los cuerpos, movimientos ondulantes de los cuerpos. Distancia mínima para rozarse sin tocarse. Abrazos de brazos, abrazos de piernas, abrazos de pechos, abrazos que se buscan para que no haya un vacío, pero a la vez, en cada vuelta, hay algo que parece no alcanzarse.

    La performance se acompaña de una música disarmónica, por momentos estridente. Es enigmática, extraña, ajena, imposible de identificar, casi diríamos que es una música que emana de lo que está aconteciendo a esos cuerpos, y que chirría, y consuena con la abertura, apertura, rasgadura de la pantalla, esto es, la imposible unión de los cuerpos.

    Lentamente, se acerca a la escena principal una especie de sombra negra cubierta con capas de telas espesas, que hace mancha, agujero, sobre lo que parecía visible en la pantalla. Ahora lo representado sale de la proyección en la pantalla, y se refleja en el velo que cubre a eso que se desplaza, con una belleza impactante. Suerte de sueño que toma cuerpo, que se hace cuerpo.

    Se dirige hacia la abertura de la pantalla y la atraviesa. En cada atravesamiento se despoja de una capa que a su vez cubre uno de nuestros cuerpos llevándonos de la mano al otro lado de la pantalla, y con ello recordarnos lo imposible de la desnudez si no es con esa veladura, o, dicho de otra manera, es una veladura que hace posible que podamos estar desnudos. Rememoración de la ceremonia del desvelamiento del falo en los misterios de Eleusis que podemos contemplar en la villa de los misterios de Pompeya.

    Giorgio Agamben junto a Mónica Ferrando publicó un libro que se titula La muchacha indecible, y que trata sobre los misterios de Eleusis en la Grecia antigua. El misterio eleusino tenía un carácter iniciático, y consistía en acciones que mostraban diferentes asuntos bajo la forma de rituales dirigidos por un sacerdote o hierofante, y donde se entonaban cantos sagrados y fórmulas que escenificaban diferentes dramas. Los tres últimos días representaban primero, la historia sagrada del secuestro de Kore (representación de Perséfone), la errancia de su madre Deméter y el reencuentro de ambas. El siguiente día, el matrimonio sagrado de Zeus y Deméter y el nacimiento del niño sagrado, y el último, la muerte y resurrección de Dioniso.

    Placa votiva de terracota dedicada por Ninion a las dos grandes diosas de Eleusis. Museo arqueológico nacional de Atenas.

    Kore es la muchacha indecible. Es una tercera figura diferente a la hija y la madre, y a la virgen y mujer. Figura que cuestiona todo lo que se cree saber sobre la feminidad, pero también del hombre y la mujer. El término Kore no se refiere a una edad precisa. En masculino, Koros, significa fuerza vital. Dice Agamben «Kore es la vida porque no se deja decir, porque no se deja definir ni por la edad, ni por la identidad sexual, ni por las máscaras familiares ni sociales».

    Comenta Agamben, que el conocimiento adquirido en Eleusis podía ser expresado a través de los nombres, pero no a través de proposiciones. Así, por ejemplo, la muchacha indecible podía ser nominada pero no dicha.1

    Uno de los momentos de los misterios eleusianos era el desvelamiento del falo. El falo era uno de los atributos de Dioniso-, por ejemplo, en las fiestas campesinas se llevaba en procesión un falo gigante de madera. Se sentía un placer al tocar esos objetos sagrados y en celebrar ritos. En estos rituales, la sacerdotisa imponía por detrás de la iniciada una criba mística donde estaba oculto un falo bajo un lienzo, de manera que la iniciada no podía ver nada, porque la imposición se hacía por detrás. Cuando se producía la develación, lo que surgía en esa operación, era el demonio del aidos, el pudor.

    En torno a los misterios eleusianos, había una obligación entre los iniciados de guardar secreto. No debían poner en palabras, lo que habían visto y padecido en aquella experiencia que no era de conocimiento, no era nada discursivo. Según Clemente de Alejandría, se trataba de una experiencia alegre del enmudecer. «No era posible divulgar el misterio, porque no había propiamente nada que divulgar». Se trataba de «Una posibilidad, abierta al hombre, de la muchacha indecible, de una existencia alegre e intransigentemente in-fantil».

    Por eso es importante subrayar en estos misterios, el carácter de lo indecible, y de lo que no se puede ver, y cómo justamente en torno a eso se organizaba el ritual.

    Lacan parte de ahí, de estos rituales eleusianos cuando habla del falo como semblante, y como punto pivote de todo aquello que pueda ordenarse desde el discurso en relación al goce sexual. El falo viene a ser la barra, que, por efecto de la mano del demonio del pudor, cae sobre el significado.

    Tenemos que agradecer infinitamente al artista Fernando Baena, y la representación de Marianela León, que nos haya permitido participar en una experiencia de ritual muy antiguo, donde lejos de desvelar el misterio de la sexualidad, lo que se nos presenta es lo imposible de desvelar, decir, ver. Esa sombra-falo, que en ningún momento queda al descubierto. Experiencia ética, artística, y clínica que nos acerca a eso que desde la teoría psicoanalítica a veces es tan difícil de atrapar.

    Mi agradecimiento personal al habérseme permitido ser «velada», y pasar al otro lado de la pantalla.

    Notas

    1 La nominación —phasis—, es proferir palabras no estructuradas bajo la forma del juicio. La proposición —kataphasis—, sin embargo, es decir algo sobre algo.