IX Ciclo de poesía y psicoanálisis

Fecha Resumen
23Ene2026 20:00 – 21:30 Diálogo de la poeta Esther Ramón con el psicoanalista Mario López Parra.
20Mar2026 20:00 – 21:30 Diálogo de la poeta María Angeles Pérez López con el psicoanalista Sergio Laiz.
24Abr2026 20:00 – 21:30 Diálogo de la poeta Ana Belén Martín Vázquez con el psicoanalista Marcelo Coelho.

Poesía y verdad, por Gabriel Hernández

Dicen que Goethe, en su autobiografía, publicada con el título Poesía y Verdad, disfrazó la verdad con poesía. Dicen que no se atuvo a los hechos objetivos, que alteró su cronología y no los trató con la suficiente imparcialidad.

Se diría que no hubo verdad en el mundo hasta la aparición de la ciencia con su método científico. ¿Y acaso no hay una verdad palpitante en la creencia de que es el sol el que gira alrededor de la tierra, de la tierra del yo?

Tratar con la verdad tiene su peligro, porque, aunque sea que la toques para disfrazarla, al final ella siempre termina tocándote a ti. Freud intentó buscársela a Goethe en el único recuerdo infantil que se cuenta en aquellas memorias.

Se sabe que Freud, en sus inicios como hombre de ciencia, y siempre como amante de la verdad, se vio llevado por ese amor en la necesidad de ejercer un empuje sobre los límites de la ciencia neurológica para intentar dar allí cabida al cuerpo psíquico del que sufrían sus pacientes, empuje que terminaría fracturando las paredes del corpus científico y abriendo un espacio, digamos litoral, entre la ciencia y el arte: el Psicoanálisis.

También sabemos de sus esfuerzos continuados para intentar que ese cuerpo psíquico no quedase fuera del marco de la ciencia. Sin embargo, el rechazo por parte de la ciencia del campo de experiencia y estudio descubierto por él ha continuado desde sus inicios hasta la actualidad, lo cual evidencia el hecho de que la ciencia no puede ocuparse de todo.

Luego vino Lacan, y escribió La Ciencia y la Verdad, donde afirma que «el sujeto sobre el que operamos en psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia aunque, añade, «esta afirmación pueda parecer paradoja».

Dicha paradoja podemos entenderla formalizada a partir del desarrollo de la teoría de los discursos, que Lacan llevará a cabo pocos años después. Esta teoría afirma que todo discurso produce siempre algo que es incapaz de asumir y que finalmente queda como un resto inelaborable dentro de su propia lógica interna. En este caso, el sujeto producido por la ciencia, dice Lacan, aparece «como división entre el saber y la verdad», un sujeto particular que la ciencia intenta inútilmente suturar, en tanto no le es posible acogerlo y tratarlo en aquella división constituyente.

Y alguien tendrá que ocuparse de lo que no se ocupa la ciencia, sea que se trate de la ciencia del lenguaje meramente comunicacional o de la ciencia de los cuerpos orgánicos.

Decía Quevedo: «Pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca». Es cierto que amarga, y a pesar de ello llevamos varios siglos paladeándola en estos versos.

Este año continuaremos ocupándonos de aquello de lo que no se ocupa la ciencia, de la Poesía. Al igual que hicimos en los ciclos anteriores, seguiremos encontrándonos con ella y escuchando atentamente todo lo que tenga que biendecirnos sobre la verdad.

Celan, Steiner y los tulipanes, por Alberto Cubero

En una entrevista de finales de los años noventa del siglo pasado, George Steiner afirmó que no había entendido un solo verso de Paul Celan, desde que casi treinta años atrás comenzara a leerlo, pero que no podía vivir sin leer a Celan. En efecto, poco tiempo después de la muerte del poeta (20 de abril de 1970) Steiner recorría la entonces Alemania Occidental para impartir una serie de conferencias. Llevaba entre sus manos la primera edición de la poesía completa de Celan. Esperaba en una estación el tren que le llevaría a la siguiente ciudad en su periplo literario. Lo perdió. Tan embebido se encontraba en la poesía del gran poeta rumano, que tuvo que pasar la noche en la estación. Cosas de la pasión por la poesía, esto es, por lo que apunta al misterio.

¿Cómo puede ser esto de no entender un solo verso (asumiendo la hipérbole en la afirmación) y necesitar su lectura como respirar?

Hay tres niveles en los que se puede instalar el receptor de la obra de arte y, muy particularmente, de un texto poético: el del entendimiento, el de la interpretación, el de la resonancia. Cuando un texto se resiste a la interpretación (como apuntara Julia Kristeva), nos queda que el poema resuene, que los significantes nos hagan rozar reflexiones, imágenes, conmociones. Sin hilatura. Sin conexión. Ojos de buey por los que asomarnos. Ahí está a menudo la poesía de Celan, al norte del porvenir, sí, como él solía decir, pero, sobre todo, en los márgenes del discurso, sobre los filos desdentados del sintagma. Ahí está también el lenguaje tal como es abordado por el psicoanálisis (tal vez sería más correcto decir «se deja abordar»).

La revolución. Del lenguaje poético. El pensamiento. Del afuera. La escritura. Del desastre.

Steiner cogió, finalmente, su tren, Celan el agua de su río, lo desconocido, y la Taciturna llegó y decapitó los tulipanes.

Esther Ramón y Mario López Parra

Carcaj

Un perro que se abalanza
sobre mí en plena calle
desnuda, el perro abierto
sobre mí
y sus dientes fuertemente
agarrados a mi ropa
>a la mía
y reconozco el collar,
aún llevo puestas
las manos que lo cerraron
mis manos
y el perro es mi perro
al que olvidé al que
nunca nunca nunca
dimos de comer,
ninguna tienda abierta y los
escaparates llenos de carne,
lo están devorando
parásitos que no vemos
y su mordisco es el único
abrazo que merezco.

Tundra, ed. Igitur 2002, Esther Ramón

Ser el amanuense 
que copia 
en los trenes 
la secuencia. 
Sostener el alfabeto 
de lo vivo, 
una a una, 
las veinte letras 
que comen, que 
respiran, 
articulando los cuatro 
sonidos heredados. 
Detectar el error
infinitesimal 
que nos detiene.

Flecha, ed. La Palma 2017, Esther Ramón

Forzar el hecho. Con sopletes. No prende la habitación cerrada, la cáscara vertical de la semilla. Al hombre que quema el germen le crece una barba espesa y negra, en surcos interiores, roturados con minúsculas partículas de hierro. En las mejillas. En los ojos. En los pulmones que respiran al revés, expirando oxígeno.

Le ayudo. Sin querer extiendo la fuerza oculta de mis manos para empuñar el fuego que asola las cosechas, el grano intacto. Sin querer entierro el pan crudo y dividido, lo riego con alcohol, con gasolina y leche. Sin querer manipulo, una a una, las cremalleras de las piedras que repiten, amarillas, la misma sílaba. Quemamos contando hacia atrás: ocho milenios, cinco toneladas, uno y otra vez uno. Encerrado, dividido. En el creciente fértil.

Semilla, ed. Bala perdida 2022, Esther Ramón

María Angeles Pérez López y Sergio Laiz

El perfecto dibujo

El perfecto dibujo de la piel amarrada,
a sí misma amarrada,
desplazando el aire con cada movimiento,
tiene un perfil de piedra,
de palote de niño dibujando.

Tiene un peso de piedra
y el oscuro entrecejo de la luz resbalada
porque la luz siempre resbala sobre las cosas
y no lo entiendo.

Tratado sobre la geografía del desastre, ed. UNAM 1997, María Angeles Pérez López

En el aire, la piedra

En el aire, la piedra ya no duele.
Cuando rueda, recorre con violencia
la edad que se camina hasta ser bronce
y transforma en herida cada lasca.

Limadura, fracción con que el lenguaje
despedaza la piedra en sus dos sílabas
como vocablo hendido y estilete
que afila la humildad de la derrota
para ofrecer la dádiva del miedo,
la floración solar del sacrificio.

Piedra cuchillo, caracola de aire
que encierra los sonidos de la tribu
en el tambor solemne de la guerra,
en la angustia y pezuña de animal,
en la desesperada turbación
con la que Gaza sangra por sus cifras.

Sin embargo, la piedra se resiste.
No está dispuesta a ser domesticada.
Hay en su corazón un alto pájaro.
Hay en ella arrecifes, elefantes,
caminos y escaleras, soliloquios,
las circunvoluciones, el destino,
el álgebra, la luz de las estrellas,
el abrazo de Abel y de Caín.
Hay en su corazón un alto pájaro.
Cuando vuela en el aire, ya no duele.

Fiebre y compasión de los metales, ed. Vaso roto 2016, María Angeles Pérez López

Desciendo hasta tu cuerpo y me oscurezco. Me pierdo en tu penumbra, en la apretada maraña de tu boca.

Han desaparecido las huellas de enfermeras y de antílopes, de pasajeros sombríos en el atardecer del metro. Los flamboyanes son promesas rojizas que nada quieren saber de la ciudad. Gotea, sobre los túneles también sombríos, la perlada e infame desmesura del sudor. La grasa de los motores recalienta la tarde hasta asfixiarla.

Entonces, agotado ya el día, entro en ti como en una cueva fresca y sibilante. Atrás quedan las horas insulsas, los platos de comida precocinada que se adhieren al plástico, los teléfonos que suenan sin que nadie conteste. Atrás queda, al fin, la expoliación carnal de las mañanas, fibra en la que los músculos se tensan hasta abrirse en puntitos de sangre que no se ha dejado domesticar por completo.

Cuando entro en ti, todo se borra: palabras que aprieto contra el paladar hasta volverlas de agua; archivos de memoria que no encuentro; proteína que pierde su estructura en la embriaguez extrema del calor.

Cuando entro en ti, la noche me posee.

El cuerpo pertenece a su placer.

Incendio mineral, ed. Vaso roto 2021, María Angeles Pérez López

Ana Belén Martín Vázquez y Marcelo Coelho

Nocturno

Recorremos el día
que se cubre de gritos,
sobresaltos ajenos.

Consentimos vivir
al margen del placer:
sometidos a otros,
obligados a todo.

Nos agota en la noche
el peso de las horas.

Rituales

La arena de la playa
se amolda a sus deseos,
a su ocurrencia.

Un equipo de manos
levanta murallas, torres,
abre túneles.

Toda la jornada cabe
en un metro cuadrado,
una foto familiar,
una ola…

Y caen los muros
del castillo de la infancia.
Un rastro de espuma y algas
traza nuevos presagios.

De paso por los días, ed. Bartleby 2016, Ana Belén Martín Vázquez

Antes que cicatriz
fuiste rebeldía y su daño.

La imperfección carnal,
su manifiesto de límite.

Cuánta piel,
costura y memoria.

Todo el nervio
camino de la sangre.

Hoy es el cumpleaños de las algas.
En el mar, la luz promete
mitades de muerte y canto.
Casi como en aquel bosque
donde anidaban
pájaros invisibles,
flores azules.

Las noches se acortan,
el sol te ciega a deshoras.

Tus horarios se enredan
con el relato de las arañas.

Astillas, ed. Bartleby 2024, Ana Belén Martín Vázquez